África: el eterno olvidado

La memoria de los países desarrollados es curiosa porque solamente se dirige a pensar en África o Latinoamérica cuando necesita algo de ellos.

Para los especialistas en geopolítica mundial e incluso para aquellos expertos en el continente africano, las noticias de que una guerra de baja intensidad, como puede ser la lucha para evitar que COVID-19 se siga expandiendo entre los más remotos rincones del planeta hasta convertirse en pandemia, ha sido un factor sorpresa que ha estallado de manera casi simultanea en el mundo entero. No obstante, esta llegada ha sido un poco más tardía en el continente africano, por lo que analizamos las afecciones del COVID-19 en ese continente considerado tercer mundo.

No, no se trata de la reanudación de aquellas guerras mundiales que terminaron en frías, sino de una guerra simultánea en todo el mundo. ¿y por qué me atrevo a denominarla guerra de baja intensidad? Porque las tropas somos cada uno de los ciudadanos del mundo, la munición está siendo la información, los productos sanitarios y el confinamiento, y los beneficiarios seremos todos los que componemos la raza humana.

Pero, permítanme que oriente este artículo hacia el gran olvidado en esta guerra, el continente africano. ¿Por qué ha llegado el COVID tan tarde a África y que efectos puede causar en las cadenas de suministro occidentales un confinamiento de ese continente? Pero ¿he dicho guerra? Pues sí. Porque ahora, una nueva forma de combatir entre naciones, como ha sido la guerra de las tasas de importación que vuelve a mirar y reactivar las producciones locales. No obstante, las materias primas más críticas, escasas y valiosas siguen proviniendo en su gran mayoría de Latinoamérica y África.

En primer lugar, la tardía llegada del COVID-19 a África Subsahariana es debido a su poca conectividad entre los propios países de África y su bajo grado de integración Global. Las economías de USA, Europa y China están mucho más cercanas entre sí en términos de movilidad humana; en África, aunque existen conexiones con el resto del globo, tiene un mayor nivel de aislamiento respecto a los países del primer mundo.

Por otro lado, uno de los problemas que tienen en este continente son las limitaciones para realizar test para detectar el virus. Por ello, no corremos un alto riesgo al asumir que hay un número significativo de casos en África que no han sido detectados.

 

La animosidad y el dinero constituyen una poderosa combinación. Los países más ricos y poderosos de Europa se ofendieron muchísimo al enterarse de que debían aplicar las medidas de alarma y apoyar a sus vecinos del sur. De modo que se agruparon, conspiraron y ahora se publicitan de las ayudas enviadas con la efectividad y rapidez a qué están acostumbrados los estados miembros. Pero ¿quién va a apoyar al continente de la guerra permanente? el cual sólo nos acordamos por sus materias primas, al que vemos lejano, pero puede convertirse en un problema mucho más cercano del que nos imaginamos. Y qué riqueza nos ha traído África en estos últimos años, y continúa trayendo, bajo el amparo de ambiciosos gobiernos locales manipulados por los intereses comerciales de occidente.

Una de las problemáticas que estamos analizando en la actualidad es la tipología de propagación del COVID-19 en África y la probabilidad de replicarse el efecto que ha tenido en los países occidentales, colapsando el sistema sanitario y la posibilidad de detener la movilidad y economía interna del continente. Con estos dos factores bastaría para revolucionar la sociedad africana. Sin embargo, aún hay más: debido a la alta dependencia de materias primas procedentes de África en nuestras cadenas de suministros, es probable que una eventual interrupción de operaciones mineras en el continente, en un futuro próximo, ponga a prueba los suministros y economías a nivel mundial.