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POLARIZACIÓN, ABSTENCIÓN Y VIOLENCIA: FENÓMENOS EN ALZA

Tradicionalmente, cuando hablamos de polarización nos referimos a aquella producida por un componente ideológico. Además, históricamente, hemos defendido que los individuos mantienen una posición ideológica cuando son jóvenes y cuando crecen la van modificando.

Un gran maestro que tuve en mi vida profesional afirmaba, en una cena, que esto nada tiene que ver con la edad y si con tener más o menos que perder. En cualquier caso, no estando de acuerdo totalmente con ninguna de las dos teorías, creo que en la actualidad se han producido cambios importantes en los planteamientos y debemos introducir en el bombo argumentos que también entran en el sorteo.

La ideología ayuda al votante a ordenar su escala de valores, a construir su escala de prioridades y forma en su mente la imagen de la “conveniencia”. Todos hemos escuchado argumentos justificativos de por qué motivo elegimos una u otra ideología. El votante, ciudadano cómodo, procura establecer unos criterios fijos para no tener que cambiarlos nunca y dedicarle el mínimo esfuerzo a esta tarea. De este modo, no es necesario leer programas electorales, aunque todos diríamos que sí los leemos, no tenemos que prestar mucha atención a nuestros líderes y, cuando llegue el momento de la verdad, nuestro voto será automático.

Y un panorama así de votantes conformaban el sustento de una estabilidad bipartidista que ha durado años. Si eras de izquierdas votabas al PSOE, si eras más de izquierdas a IU, si eras de derechas votabas al PP y si no ten convencía nadie te abstenías. Pero hoy en día como resultado de algunos factores que iremos abordando, se han producido notables cambios que han influenciado directamente en nuestra elección, en nuestra forma de interpretar la política, en nuestra participación y en nuestras preferencias. Todo ello unido a la profunda crisis económica, social, migratoria y ahora a la pandemia del COVID-19, han producido polarización, abstención y violencia.

La polarización no es solamente de índole ideológico, se transforma en una suerte de respuesta emocional, instintiva, hacia cualquier persona o grupo que no sea el nuestro, en una especie de pensamiento único más propio de comportamientos dictatoriales que de amantes de la democracia y la libertad de expresión. Pero también nos topamos con una polarización “afectiva” que corresponde a cuestiones identitarias que nada tienen que ver con la ideología. Este sentimiento pude identificarse en regiones de España como Cataluña, Euskadi o Galicia, donde una amplia gama de votantes se enmarca en el sentimiento independentista, con independencia del posicionamiento ideológico tradicional de derechas o izquierdas. Este tipo de sentimientos se identifican más con el “nosotros”, con la “diferencia”, que va acompañada de un cierto sentimiento de superioridad, no solo somos diferentes, sino que somos mejores.

Estudiar y determinar el grado de polarización de una sociedad es un elemento clave ya que nos indicará cuáles son las diferencias entre las posiciones y si son irreconciliables o no. En cualquier caso, una situación muy polarizada producirá de inmediato unas consecuencias claramente perceptibles: falta de gobernanza; imposibilidad de llegar a acuerdo alguno; aumento de la abstención; sustitución del adversario por el enemigo; inestabilidad, aumento de la violencia.

Existen muchos factores que pueden explicar cómo hemos llegado a esta situación, tan poco recomendable, en nuestro país. Sin duda algunas de ellas son la corrupción y el descrédito de la clase política; las diferentes políticas fiscales aplicadas en las regiones que han generado una brecha aún mayor de desigualdad y el resurgir de un sentimiento auto proteccionista; los nacionalismos y la cuestión identitaria; la profunda crisis económica y social; la desaparición del periodismo informativo para alumbrar el periodismo de opinión, caracterizado por expresar la opinión de los que pagan, una especie de periodismo de “barriguitas agradecidas”.

A todo lo anterior debeos sumar la aparición de la pandemia, que ha generado un drama sanitario, social y ha venido a agravar el económico pero que, sobre todo, ha evidenciado la incapacidad de la clase dirigente para gestionar una situación de crisis de este calibre, aumentando mucho más la falta de confianza de la población en los políticos. Cada día se puede observar como se toman decisiones, o se dejan de tomar, en virtud de cualquier motivo menos el sanitario, prevaleciendo las disputas políticas sobre cuestiones sin importancia, mostrando un absoluto desprecio por aquellos que les han votado y gracias a los cuales ocupan sus puestos.

Naturalmente, también influye en la polarización la revolución de las tecnologías de la comunicación, “el ojo que todo lo ve”, el causante de la desaparición de lo local para convertirlo todo en global, incluida la estupidez. Lo importante, lo más importante, es que mis colegas puedan ver aquello que yo estoy presenciando, sin pensar en más, sin valorar el derecho a la intimidad, la decencia, la defensa del honor y tantas otras cosas. Nuestro “fusil smartphone” nos ha convertido en una especie de francotiradores sin filtro, de reporteros sin motivo, de testigos del todo.

Les pongo un ejemplo de las situaciones absurdas en las que vivimos y que parecen demostrarnos que sin normas adecuadas nada funciona demasiado bien. Un detective, en el ejercicio de su actividad profesional, no puede obtener pruebas gráficas en determinados ámbitos, aunque su objetivo último sea la presentación de ellas en un juzgado y deba custodiarlas atendiendo a todas las normativas de seguridad y protección de datos existentes. Esas mismas imágenes las graba Juanito con su móvil, las sube a la red, las comparte con millones de personas y no ocurre nada.

Ante tanto desmán, tanta incongruencia y la absoluta falta de respuesta a los problemas de una parte de la población, algunos, que se han quedado sin su voto tradicional, se desvían a los extremos, esperando encontrar la milagrosa solución a sus problemas y otros, mucho más polarizados, aplican o aceptan la violencia como recurso para ejercer presión. Pero el asunto es que la polarización, la abstención y la violencia son consecuencias que ya están aquí, que ya son visibles y que nos toca vivir con ellas y dejarlas avanzar, con el peligro que ello conlleva, o intentar comprender qué está ocurriendo para buscar una solución.

La polarización nos enfrenta a una situación que podríamos definir con la frase “la pescadilla que se muerde la cola”. Los ciudadanos requerimos de los políticos que tomen decisiones para resolver nuestros problemas, la polarización hace irrumpir en el escenario fuerzas políticas que se sitúan en los extremos, fragmentan cada bando ideológico e imposibilitan acuerdo alguno, imposibilitando así la gobernanza y sin gobernanza no se pueden tomar medidas para resolver los problemas.

El resultado es visible, una parte de la población, los convencidos, siguen votando a los suyos, otra parte descontenta busca la solución en los extremos, otra parte se desencanta, se aleja y se queda sin opción política ni ideológica y se aferra a la abstención y una minoría de descerebrados, en su mayor parte manipulados por unos u por otros optan por la violencia como método de solución. El remate de todo esto es que los partidos mayoritarios, tradicionalmente más moderados, en un intento de captar los votos que pierden hacia los extremos, radicalizan sus discursos y posiciones. Y así se pinta nuestro paisaje, con estos pinceles y estas tonalidades.

Lo que podemos afirmar, sin lugar a equivocarnos, es que la polarización se ha convertido en el negocio de algunas formaciones políticas como Unidas Podemos, Vox, Bildu o la CUP. “Tensar la cuerda” forma parte de su estrategia y nunca van a destensarla porque si lo hacen desaparecerán del tablero, perderán su posición y con ella todos los privilegios que lleva aparejada. Porque creo que debemos convencernos de que todos, absolutamente todos, escenifican su estrategia para mantenerse en el poder y el poder significa a la postre privilegios y dinero. ¿Probamos a establecer un sistema en el que los políticos cobren 2.000 euros al mes netos, por encima de la media de los españoles, y pierdan todos los privilegios y observamos qué ocurre?. No se esfuercen que ya se lo digo yo, a nadie le interesaría la carrera política.

Los que viven de polarizar, de crispar, de no aportar otra cosa que tensión, utilizan como sistema la repetición constante del mismo discurso, de los mismos argumentos, la constante alusión a cuestiones que provocan emociones y no razones, el recuerdo de situaciones históricas ya pasadas para no permitir olvidarlas y que así no se superen nunca, de abducir a sus votantes para convertirlos en zombies irrazonables. También utilizan el cinismo como argumento, sin ruborizarse. Pongamos como ejemplo aquellos que quieren revivir y no olvidar los muertos de la Guerra Civil, de hace 82 años, pero si piden a las familias de las víctimas del terrorismo que olviden los muertos de hace 11 y que asuman con normalidad que quienes estaban con los terroristas ahora estén en el parlamento. Y a todo esto lo denominan normalidad democrática, un tamiz con la malla grande de su lado y pequeña del lado de los demás.

Lo que está claro es que para crispar no es necesaria la inteligencia, pero si la mala fe, y con mala fe como cimiento nunca se han construido grandes edificios. Lo malo, lo terrible, es que muchas personas, ante la desesperación de sus situaciones, abrazan estas banderas, poniéndose en manos de estos “falsos milagreros” que les acercarán mucho más al precipicio, a ellos y a todos nosotros.

Estas formaciones son especialistas en el manejo de las nuevas tecnologías, donde plataformas como twitter, Instagram y algunas otras solamente permiten mensajes cortos que favorecen el extremismo. Para que algo se viralice tiene que ser radical y en pocos caracteres no existe espacio para el debate y la reflexión.

El otro fenómeno es el hartazgo de una parte cada vez más importante de la población que no encuentra posicionamiento ideológico ni organización que les represente y optan por la abstención. Esto produce un doble efecto pernicioso, por un lado, se están legitimando votaciones con un porcentaje cada vez mayor de abstención y, por otro lado, aumenta el porcentaje de población que no se siente identificada con ninguna de las opciones y carece de herramienta representativa alguna. Ambos problemas creo que revisten de una gravedad importante y que acabarán poniendo en cuestión muchas cuestiones del actual sistema de elección.

La última consecuencia, la más peligrosa, es la violencia. Algunos ciudadanos y algunos movimientos y colectivos se sitúan en la antipolítica, una ideología que tiene como características el rechazo de todo el pasado, la intransigencia, la consideración de “viejo” con sentido despectivo, la ignorancia supina y la falta absoluta de coherencia. En este grupo, donde en algunos casos no estamos hablando de un asunto de índole ideológico sino más bien de un problema de índole psiquiátrico, muchos optan por situarse en contra de todo, pero sin aportar nada y reaccionar con comportamientos violentos y destructores. Es verdad que son una minoría, pero una minoría peligrosa y mucho más peligrosa cuando las autoridades no utilizan las herramientas que tienen en sus manos para evitar sus acciones.

Me gustaría terminar esta reflexión con una cita que dice así. “Por medio de hábiles mentiras, repetidas hasta la saciedad, es posible hacer creer a la gente que el cielo es el infierno y el infierno el cielo. Cuanto más grande es la mentira, más la creen. Me valgo de la emoción para la mayoría y reservo la razón para la minoría” (Adolf Hitler).

Como pueden observar ya está todo inventado y en aquella época no había redes sociales.